El fanatismo de no conocerse

La lectura del artículo titulado “¿Es cierto que existe un rosario satánico, másonico o de la Nueva Era?”, del sacerdote Luis Santamaríaen Aleteia me ha llamado enormemente la atención.

Lo ha hecho por dos razones. En prime lugar por no ser el tipo de artículos que él suele escribir. Generalmente alerta de los peligros de las sectas, pero esta vez, en esta ocasión se emplea en tranquilizar. También me ha despertado interés por lo minucioso del trabajo. Esto último si es propio de él.

En el mencionado artículo aborda la polémica de los rosarios de plástico, con cruces decoradas con gran simbología. Resume la el origen de la controversia y da sus argumentos para tranquilizar a los preocupados por este utensilio religioso en su versión“low cost”.

Pero la razón de que le dedique el presente artículo no es lo interesante del contenido, que aquí no analizaré – me limito a recomendar su lectura –, sino resaltar la necesidad de documentos como el de este Sacerdote zamorano.

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Nuestra fe se apoya en muchos símbolos para facilitar su comprensión – tranquilo que no me estoy desviando del tema –. Estos símbolos se han ido incorporando al contexto religioso paulatinamente. Unos tomados de la tradición judía – muy extensa y rica – otros de la cultura griega o romana, y así una larga lista. En el momento en que comenzaron a usarse eran evidentes – como si hoy decimos que la oración se parece una conexión wifi en la que no lo ves, pero te estás comunicando: la información se envía y se recibe respuesta. Ello nos podría llevar a usar dos antenas como signo de oración–.

Con el paso del tiempo, los elementos que dieron origen a los símbolos han caído en desuso – en tiempo de crisis el trabajo es una bendición y no un castigo, por lo que para entender que la consecuencia del pecado original sea el trabajo tenemos que saber que en el momento de escribirse el Génesis la consecuencia de su división había sido la esclavitud –.

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Sin embargo, si  desconocemos la razón que llevó a escoger unos símbolos determinados, corremos el riesgo de no entenderlos e incluso de malinterpretarlos.

El cristianismo – concretamente las iglesias Católica y Ortodoxa – tiene una enorme riqueza por muchos desconocida. Esta ignorancia que nos invade a todos, en mayor o menor medida, nos lleva a divagar en busca de explicaciones.

Desconocer aquello en lo que creemos y la forma en la que lo hacemos nos introduce en confusiones, incluso en fanatismos por defender lo indefendible.

Ello hace de vital importancia que quienes de verdad entienden de estos temas – y me consta que D. Luis es unos de ellos – compartan, de manera asequible, los mensajes que en un tiempo fueron obvios y que hoy hemos perdido.

Sin duda el artículo que publica Aleteia contribuye a arrojar luz en este campo.

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