Cuando se habla de aludes, la imagen que suele venir a la cabeza es la de una gran masa de nieve descendiendo a toda velocidad por una ladera, levantando una nube blanca impresionante. Es una imagen potente, pero también engañosa.
La mayoría de los aludes que causan accidentes en montaña no son espectaculares, ni especialmente grandes, ni fáciles de identificar a simple vista antes de que se produzcan.
Entender qué es un alud y por qué se desencadena es el primer paso para reducir riesgos en montaña invernal.

Un alud es el deslizamiento repentino de una masa de nieve ladera abajo. No se trata de nieve “que cae porque sí”, sino de nieve que pierde su equilibrio y se pone en movimiento cuando se superan ciertos límites.
Ese desequilibrio puede producirse de forma natural o por la acción de una persona. Y aquí conviene subrayar algo importante:
muchos de los aludes mortales se desencadenan al paso de quienes los sufren.
Existen varias clasificaciones, pero para entender el problema basta con conocer los más habituales:
Es importante entender que la nieve no siempre está bien anclada a la ladera.
Uno de los errores más comunes es pensar que los aludes solo ocurren en pendientes muy empinadas.
En realidad, la mayoría se producen en pendientes entre 25º y 45º, justo el rango que muchas veces utilizamos para progresar en montaña invernal.
Las pendientes suaves suelen ser seguras. En pendientes muy verticales, no suele acumularse tanta nieve.
El problema está en ese término medio que a menudo subestimamos.

Dos laderas aparentemente idénticas pueden comportarse de forma muy distinta:
Muchas placas inestables no se forman donde ha nevado más, sino donde el viento ha depositado la nieve.
La nieve cambia constantemente.
Subidas bruscas de temperatura, lluvias, heladas nocturnas o periodos prolongados de frío influyen en la estabilidad del manto.
Un error frecuente es evaluar el riesgo solo con lo que vemos ese día, olvidando cómo ha sido la meteorología en los días anteriores.

Es incómodo reconocerlo, pero necesario: En muchos accidentes por alud, la persona o el grupo actúan como desencadenante.
Una sobrecarga mínima —un solo montañero— puede ser suficiente para romper el equilibrio de una placa inestable.
Eso no implica culpabilidad, pero sí responsabilidad y conciencia del entorno.
Los aludes no son fenómenos caprichosos ni completamente imprevisibles.
Se producen cuando coinciden una serie de factores que, en muchos casos, podemos aprender a identificar y valorar.
Este primer paso no pretende convertirnos en expertos, sino ayudarnos a mirar la montaña invernal con más respeto y menos ingenuidad.
La nieve es uno de los grandes atractivos de la montaña invernal, pero también uno de sus mayores peligros.
Comprender qué es un alud y por qué se produce nos obliga a aceptar una idea fundamental: No siempre basta con que el día sea bonito o la huella esté marcada.
En el próximo artículo entraremos en algo que no se ve a simple vista, pero que lo condiciona todo: La estructura interna del manto nivoso.
Etiquetas: Alud, Nieve, seguridad, Seguridad en montaña
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